Duelar a la mujer que antes fui
Hace poco me di cuenta que sentía rabia. Mis mascotas me molestaban y no me podía alegrar cuando "todo el mundo" hacia cosas entretenidas y yo aquí, sin poder dormir, bañándome en 5 minutos, con un cuerpo diferente... con una cara diferente...TODO diferente. Y, obvio, aparecía también la culpa: ¿cómo es posible sentir rabia ante mi hijo que, sin duda alguna, es lo que más amo en esta tierra?
Fui sintiendo a ambas y dejé que el calor de la ira y el hielo de la culpa se hicieran presente. Sin embargo, con los días me di cuenta que no era rabia ni culpa, sino una pena profunda.
Una pena que nada tenía que ver con mi hijo ni sus cuidados... era una pena hacia mi misma, hacia lo que fui y que ya no volvería a ser.
¿Dónde quedó esa mujer independiente, con la vida -aparentemente- bajo control? ¿por qué ahora siento tanta incertidumbre?
Así, fui dándome cuenta que el cambio era real, evidente, concreto. Se me salía por los poros y no podía esconderlo más. Tuve mucha pena, porque hay una parte de mi que murió y para siempre, llevándose consigo amistades, lugares, pasatiempos, seguridades, rutinas...
Y no me quedó de otra más que DUELAR. Hacer espacio, dejar que brote la pena, el llanto, soltar la necesidad de encajar, los apegos y dejarme morir.
Hay días en que es más fácil: la ausencia de lo que dejo no duele tanto. Hay otros días que es fatal: me miro y no me reconozco, me ahogo, miro a mi alrededor y no resueno con nadie... tanto cambio que ni siquiera sé por dónde empezar.
Luego, vuelvo a sentir paciencia. Vuelvo a sentir como poco a poco voy dejando espacio para que lo nuevo emerja, para que esta nueva versión que se está gestando, termine tranquilamente su ciclo.
En medio de mis propios miedos, tristezas, dudas y ambivalencias, me es tan desolador ver un mundo donde todo avanza a una velocidad extrema, donde "siempre" hay que tener algo que contar, donde debes cruzar los dedos para no perder las garantías sociales tras convertirte en madre... en un mundo hostil donde te invitan a diario a dejar llorar a tu hijo para no "malcriarlo", me es tan difícil comprender que esta gran transformación tiene otro tiempo y que -como cualquier otro duelo- cruza todas las dimensiones de lo que somos y de lo que tenemos.
Por eso, hoy solo pido paciencia. Paciencia para lograr despedirme de lo que fui.
Michelle.

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